diumenge, 1 de febrer de 2009

ALFREDO , CARMELO, MÚSICA Y VIDEOJUEGOS


Alfredo y Carmelo eran dos hermanos gemelos que estudiaban música desde los seis años. Acababan de cumplir los diez y cada uno mostraba diferente entusiasmo con su instrumento.

Alfredo era muy bueno tocando el piano y se pasaba todo el día haciéndolo sonar. También se repasaba durante mucho tiempo las lecciones de solfeo y de coro. Era tan bueno tocando que había pasado sobrado los cuatro primeros cursos con diez y era el mejor estudiante, con claridad, del conservatorio.

Su hermano Carmelo, sin embargo, había ido cambiando poco a poco y ya no mostraba interés por la música: se pasaba la vida viciándose a los videojuegos de todas las consolas. Siempre decía que se encontraba mal para librarse de todas las clases y avanzar con su afición. Nunca estudiaba y en las clases en que se veía obligado a ir se ponía a jugar con la consola portátil. Por supuesto, no aprendía nada de nada ni en el colegio ni en el conservatorio y sus padres ya estaban más que hartos de él. A menudo le decían:

- "No te aproveches de que tu tía es multimillonaria y te compra todos los videojuegos que te da la gana porque no aprobarás y no estudiarás bien ni en el instituto ni en la universidad". -Solía insistir su madre-.

- "Y claro, no tendrás carrera ni nada de qué vivir. Tendrás que pedir limosna como un vulgar mendigo, muchachito. Allá tú y tu conciencia". -Remataba su padre-.

Pero Carmelo nunca oía las advertencias de sus padres, es decir, no se enteraba de la película porque en vez de escuchar "rollazos paternos" prefería pensar en sus videojuegos. A veces, con su actitud pasota, sólo conseguía que le castigaran y entonces se ponía a imaginar y a imaginar nuevos videojuegos.

Llegó el final del primer trimestre y Alfredo sacó todo sobresalientes; mientras, Carmelo, sin ninguno de los deberes presentados, cero en los exámenes y ninguna atención en clase, suspendió todas las asignaturas. ¡Hasta en música - donde siempre había obtenido sobresalientes- le habían endosado un insuficiente! Además, cuando de camino a casa su hermano le preguntaba qué se había estudiado, él le contestaba cualquier cosa relacionada con el último videojuego que había soñado.

Probó un juego para la consola que consistía en cantar. Se llamaba Sing Star. Sus padres le vieron disfrutar de nuevo de la música y su tía, al enterarse, le compró todos los accesorios que había en el mercado: micrófonos, guitarra, batería, etc. Pero lo que ellos no sabían era que Carmelo sólo lo hacía para acabarlo pronto y añadirlo a su larguísima lista de videojuegos concluidos.

Cuando lo archivó para no volver a jugar, sus padres se entristecieron bastante y pensaron que no tenía remedio. Decidieron darle un escarmiento y, a la vez, hacer una buena obra de caridad: cogieron todos sus videojuegos y se los llevaron a los niños pobres que no tenían dinero para comprarlos.

Sin embargo, Alfredo, que era tremendamente listo, se había dado cuenta de las intenciones de sus padres y se adelantó a ellos guardándose en su habitación los juegos que él pensaba que le convenían a su gemelo.

Carmelo husmeó por el dormitorio de su hermano porque siempre encontraba cosas interesantes y al descubrir los videojuegos pensó que éste, o bien era un ladrón, o bien se había aficionado por fin a las consolas. Cuando salía por la puerta se encontró con Alfredo, quien le explicó lo ocurrido y de paso le comentó que su tía había tenido mala suerte en su joyería y que su negocio había quebrado por la crisis económica, ya que casi nadie entraba ya a su tienda para gastarse un dineral en cosas que no eran necesarias.

Los dos hermanos se miraron y tuvieron la misma idea. Cuando eran pequeños les ocurría esto muy a menudo, pero hacía ya tres o cuatro años que sus pensamientos no coincidían.

Volvieron juntos a la habitación y se pusieron a jugar al Sing Star y Alfredo descubrió que los videojuegos estaban bien de vez en cuando y también Carmelo descubrió que no había que pasar tanto tiempo con la consola y que debía ponerse al día con el trabajo. Música tenía que volver a ser su asignatura favorita, sobre todo porque era un alumno que iba al conservatorio y tenía más nivel que otros y, por supuesto, también allí tendría que recuperar su retraso y demostrar sus cualidades musicales.

Y así vio Carmelo que las notas subieron en el segundo trimestre y más aún en el tercero. Sus padres se pusieron orgullosos y le volvieron a comprar algunos de los videojuegos que regalaron y le prometieron que si seguía trabajando, le irían comprando los demás poco a poco.

De ese modo transcurrieron los siete años que les quedaban de conservatorio. Alfredo y Carmelo se convirtieron en unos músicos excelentes, haciendo un montón de dúos gracias a la intrépida idea que el Sing Star les dio a los dos. Todo el mundo les compraba discos y pagaba mucho por verlos de gira.

En medio de tanto éxito, parecía que los gemelos se habían olvidado completamente de sus padres. Estaban tan ocupados con sus conciertos que no tenían apenas tiempo de acercarse por casa y pasaban meses sin verse.

Después de una gira de casi un año, cuando regresaban a casa, Carmelo se quedó de piedra cuando vio un anuncio en la calle: sus padres y su tía habían formado un grupo dedicándose a hacer música para los ancianos.

Los dos hermanos se dieron cuenta de que se habían apartado un poco de sus padres y, al llegar a casa, todos se felicitaron por sus éxitos respectivos. Entre risas y abrazos tuvieron una última idea: grabar un disco juntos y donar los beneficios a aquellos niños que no tenían dinero para comprarse consolas y videojuegos.

Y en cuanto a éstos, los videojuegos, siempre fueron la afición secreta de los cinco (después de la música, claro está).

Pablo


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